Monday, November 12, 2007

Ese día

Ese día, esas flores

Ricardo Pozas Díaz

Quisiera que lloviera, así el agua barrería lentamente mis penas. No llovía, escampaba, el dolor seguía brotando de mi pecho pero no dolía. Mi mancillado orgullo estaba triste, roto, quedaba poco de él. Una voz reía aquí adentro, no de felicidad ni de gozo sino de vida. El fracaso goteaba de mi lánguido brazo que colgaba del marco de la ventana. No sonreía, tampoco lloraba, un estado de inmesurable suspensión, un tiempo congelado. Ese día había sido derrotado y nada podía cambiar ese hecho.

Ese día era distinto a cualquier otro porque era un día en el que nada podía salir mal. Me levante con mucho entusiasmo, no porque fuera a ser un buen día, tampoco porque había superado todos los retos del mundo, mucho menos porque me estuviera de maravilla. Ese día era especial porque podía salir adelante, respirar, vivir. No porque fuera más capaz que otros días. Ese día tenía confianza en mí, ese día relmente me quise má que ningún otro, ese día no dependía de ninguna circunstancia, ese dia iba a salir adelante a pesar del mundo.

Hice lo que tenía que hacer, tal vez no fue algo extraordinario pero recuerdo que tenía muy en mente lo que había que hacerse y cómo debía hacerse. Un plan bastante sencillo; estudiar progresivamente, dar función, festejar con mis compañeros el fin de la compañía y del semestre, terminar de estudiar, levantarme, atender a clase, presentar mi exámen final de matemáticas y prepararme para cualquier reto que pudiera presentarse. Es sencillo, incluso bobo, para alguien que está acostumbrado a cumplir con objetivos, metas y salir adelante no es grande. Lo que lo hacía grande es que la materia iba casi reprobada y que mis probabilidades de éxito eran bajas. Es más, lo grandioso de ese día es que llegué a creer que iba a poder hacerlo y si podía cumplir con aquello que más trabajo me costaba, también iba a poder con la vida porque me habría vencido a mí mismo.

Me recuerda increíble pensar todo lo que sentí por un triste exámen, pero más aún lo que pasó después. La noche desplegó sus alas y su manto estelar cubrió el cielo, tenía miedo de lo que pudiera pasar. Era nuestra última puesta en escena, el momento cumbre de un largo y hermoso trabajo, era el momento final. Las luces del teatro se apagaron y sólo escuché el sonido de la batería seguido por una fanfárrea. Nuestra entrada. Mi energía se centro en el momento, la obra estaba ensayada, conocía muchas de las facetas que se pudieran presentar y me sentía listo para ejecutar mi mínimo papel. La obra corrió, mi pulso se aceleró, cada movimiento, cada posición fue ejecutada con la mayor precisión posible y al final cuando la adrenalina que corre por tus venas ha intoxicado el más remoto lugar de tu cuerpo, la ovación del público.

El telón se encontraba por caer y un pequeño pensamiento cruzaba por la cabeza, un insignificante y ligero toque de vanidad para coronar ese momento último. Un gesto tan sencillo y tan significativo, ese día que todo salía bien, ese instante que iba a ser sólo mío, ese triunfo. Algunos dicen que la vanidad es el pecado original y fue un grave error haber sucumibido ante él. Ese pequeño pensamiento, mis flores, mi reconocimiento, ese instante en el que no eres uno más en el escenario, ese regalo que te daba tu madre, ese instante con tu corazón abierto...

El telón cayó y no hubo flores pero sólo eran unas malditas flores. El mundo se desvaneció y ese pensamiento lo fue todo, o todo fue ese pensamiento. La garganta no tenía palabras para expresar sus sentimientos, un dolor ahogado, tu corazón abierto había sido penetrado. No hubo lágrimas, ni voz ni sentimientos. Las risas se conviritieron instantáneamente en espinas, el momento de triunfo se tornó en amargura, oh vanidad. Di unos pasos hacia los vestidores rogando que alguien se acordaran de mí, que alguien sacara mis palabras y mis lágrimas. Nada pasó, las felicitaciones cayeron en todos menos en mí, era yo, un miembro más de la comparsa, un personaje de fondo que no tenía derecho a brillar. Un ser ordinario que deseó tener su momento. Estúpido niño encaprichado por un objeto sin valor. Sólo eran unas flores.

No estaba mi madre, tampoco mi enamorada, sólo estaba yo, abandonado en mi tristeza. Una holla de presión ansiosa por explotar con el coraje suficiente de no hacerlo bajo el escenario. No esperé un momento más, justo en el momento en que se dio la última palabra escapé rápidamente de lo que se había en mi cabeza vuelto un infierno. En la entrada me estaban espernado dos personas que sabían lo que estaba pasando. Una con voz grave tratando de pedir perdón sin emoción y de forma fría y nada empática. La segunda sabía de la tormenta que se había formado pero no era quién para corregir lo sucedido.

Jamás un café supo tan amargo, jamás había comido un menudo con lágrimas, jamás creí que algo así pasaría. Mi cabeza repetía las mismas palabras como una letanía que se entrelazaban con el dolor inherente, sólo son flores. Las palabras de mi hermano sonaban vacías. su intención era la más pura del mundo pero no era él quién me había lastimado, ni esta herida su responsabilidad. El día se había acabado, no hubo flores, no hubo fiesta, no hubo estudio. La mano me temblaba, mi vista se nublababa mientras sonaban las mismas tres palabras en mi cabeza, sólo son flores. Me heché a dorimir con una lágrima en mis mejillas.

Me gustaría haber acabado la historia en ese momento y haber despertado con el único pensamiento de que tenía un exámen, que no había sido derrotado, que no me sentía abandanado. Pero desperté de la misma forma en que dormí, no descansé, mis pensamientos seguían turbios y así a la postre me resigné a mi exámen como un reo camina por el patíbulo. Que si fallé o no el exámen fue lo de menos, que si luego me trataron de compensar en la retroalimentación de la obra tampoco importó, que luego con una sonrisa fingida me dieron "esas flores" tampoco. Ese día había salido mal, la rueda se había parado.

Si hoy escribo sobre este episodio de mi vida no es porque lo haya superado enteramente, sino porque tengo el estómago para plasmarlo por escrito, porque tengo la vaga idea de que la rueda puede volver a girar y encontrar aquello que no alcancé esa noche del 30 de marzo del 2006. Hay días en los que pregunto por mis flores, no porque tengan un valor material, sino porque ese día podré abrir mi corazón como lo hice esa noche.

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